Cultive un pequeño desorden en su vida
martes, 18 de marzo de 2014
A veces
A veces,
tengo la sensación de que me asomo a una oscuridad infinita,
que se comunica conmigo a través de los agujeros que dejan mis puntos débiles mal curados. A veces,
veo las cosas
como sé que no están sucediendo,
a veces a mi favor
y otras veces en mi contra.
A veces creo que estoy en New York. Otras veces estoy en París,
caminando sobre un puente que se eleva a kilómetros por encima de cualquier estúpido ser humano, intentando reconocer a la persona que camina detrás de mí. A veces
veo,
y otras veces estoy buceando, en la tinta negra que yo mismo extendí ¿Qué pretendía?
¿Ahogarme?
¿Perderme?
¿Una huída hacia adelante?
A veces creo que comprendo lo que ha sucedido hasta ahora, y entonces me tranquilizo, pongo un disco, fumo. Pienso alguna broma arrogante. Me planteo lo que sucederá mañana...
Haré un dibujo. Escribiré algo. Escribiré a alguien. Tal vez ésta idea sea que se me está ocurriendo sea la buena. Tal vez esta vez a alguien le guste lo que estoy haciendo. Buscaré. Buscaré algo. Alguien. Al final acabará por suceder algo.
A veces solo creo que lo que sucede es un desórden mezclado al azar dentro de otro desórden, y entonces… Veo los días sucediéndose, y a mí mismo cada vez más lejos de la realidad, la realidad en la que se supone que debería estar intentando prosperar,
ésa en la que no tengo nada.
A veces
dejo
que todo suceda,
asomo la cabeza cerca de la vía mientras pasa el tren
y dejo que el aire que se produce me acaricie la cabeza, y desde ahí
intento distinguir a algunas de las personas que van dentro de los vagones, y les saludo a todos con una sonrisa en la boca.
A veces
siento ganas de gritarte,
de dejar que mi cuello se hinche hasta amenazar con explotar, de enseñarte los colmillos a cada palabra que expulso empapada en saliva, pero
al final el grito siempre se queda en casa, ¿De qué me serviría gritarte?
y todo sigue igual.
A veces caigo en la cuenta de que ésta es la única manera. Que nunca tuve elección, y así son las ventanas de nuestra casa, en la que
a determinadas horas el sol ilumina las paredes
y calienta nuestros huesos,
nuestras vísceras,
nuestros músculos,
nuestra sangre,
nuestra piel,
nos deja vivir con poco, prácticamente con nada,
y a otras horas se esconde, para dejar que necesitemos encontrar el calor por nosotros mismos, en los demás, o mediante alguna solución artificial. ¿Lo necesitas? Búscalo. En nuestra casa
a veces las puertas son lo único que nos separa de calentarnos,
pero así es una casa, ¿Verdad? Paredes y puertas.
A veces,
me dices
que todo está en aprender a dejar de pensar demasiado, y yo siempre pienso que me encantaría que me enseñases a hacer eso. Seguro que sería una solución interesante.
A veces…
Todo.
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